Cap. 14 "FADEL, MIEMBRO DEL FRENTE POLISARIO"
CAPÍTULO 14 “FADEL, MIEMBRO DEL FRENTE POLISARIO”
“En el invierno del 74, en una mañana a la salida del instituto, mi amigo Ahmed me estaba esperando. Por aquel entonces yo contaba con 17 primaveras y era muy popular entre la juventud. Los profesores se preguntaban cómo era posible que una persona que andaba siempre en todos los líos y peleas, sacara tan buenas notas. Sólo Don Romualdo García, el primer profesor llegado de la península, parecía tener la solución: “Éste chico es como un grabadora, todo lo que le cuentas lo retiene al momento, así que cuidadito con lo que le dices”. La otra característica, la de ser un “liante”, venía por mi condición de casi huérfano, y es que aunque tenía padre, éste nunca estaba en casa, pues era militar de las tropas nómadas y estaba siempre en la frontera del norte. Las pocas veces que venía a casa era para descansar y no le apetecía enderezar el rumbo de nadie. Tenía bastante con intentar entenderse así mismo.
Ahmed, el rubio, como le llamaban todos, era muy popular, porque era el gerente del cine Avenida, el mayor espectáculo y entretenimiento de Dajla. A mí me dejaba pasar a las sesiones de adultos, vestido con mi darrá. Allí vi mi primera película para mayores, “El Graduado”, la cual me sirvió para, al día siguiente, ser todavía más envidiado entre los alumnos y alumnas del instituto, cuando narré las peripecias de Dustin Hoffman entre madre e hija.
Ese día Ahmed no venía para regalarme entradas: “Tenemos que hablar, Fadel”. Ese tono serio denostaba lo intrigante del contenido.
Nos fuimos a mi habitación, decorada al más estilo “setentero”, póster de los Rolling y los Temptations, un disco de Marvin Gaye, roto por tres partes y pegado con cinta adhesiva, un cuadro bordado a mano, con letras paz y amor en tonos violetas, regalado por mi bella Inés, presidiendo el catre y los pantalones campana doblados encima de la silla.
- Fadel, lo que voy a decirte tienes que guardarlo en secreto y no se lo puedes decir a nadie –dijo Ahmed con voz misteriosa.
- Claro hombre, soy yo, confía.
- Por eso he venido, si no confiara no estaría aquí. ¿Sabes qué es el Frente Polisario? –Asentí con la cabeza sin decir palabra-. Yo soy miembro y quiero que tú seas jefe de una pequeña cédula.
Me contó como funcionaban. Cada cédula constaba de cuatro miembros y un jefe. A su vez ese jefe pertenecía a otra cédula superior. Las cédulas no se conocían entre sí y había un secretismo absoluto. Mi misión era localizar a la gente más popular del instituto entre los cursos inferiores y formar otras cédulas. Al cabo de tres meses, era el jefe coordinador de todas las cédulas del instituto. Estábamos preparados para luchar contra el invasor colonizador.
- Pero tío… Tu padre pertenecía al ejército español –dejó caer Brahim con tono de sorpresa.
- Sí, y no sólo mi padre. Tu abuelo, que me sacaba sólo dos años, también pertenecía en aquella época a las tropas nómadas. Se alistó al cumplir los 18 y todo gracias a María, aquella novia que tuvo. De alguna manera, quería demostrarle que podía llegar alto. De todas maneras las pocas veces que me habló de ello, había sido para quejarse del maltrato recibido por parte de los españoles, de las discriminaciones y las órdenes absurdas de señoritos que no tenían ni idea de lo que era el desierto. Muchas veces muy conflictivas para cumplir por un saharaui. Una vez, me acuerdo como si fuera hoy, me habló del batallón de castigo de Cabrerizos. Por lo visto el destino de los maleantes de España era el desierto y el trabajo en batallones especiales, su castigo. Soportaban las peores condiciones y los maltratos más inhumanos. Así que, cuando estos salían de permiso, lo pagaban con la población saharaui, salvo uno, que una vez se volvió loco y fue al baile de oficiales y se llevó a cinco por delante. Después se quitó la vida.
Pero no nos desviemos… Estábamos en mis correrías del instituto. El 14 de marzo de ese mismo año, a la entrada del instituto, unos coches de la policía tiraron unos panfletos que decían lo siguiente:
“Encontraremos a los traidores terroristas del Polisario y acabaremos con ellos sin compasión.
Todo el que tenga información sobre el tema tiene la obligación de comunicarlo inmediatamente a la policía territorial.”
Inés, que por entonces era mi novia, me preguntó si sabía algo. También los profesores me preguntaron. Yo me hice el sorprendido e incluso el ofendido.
Esa misma tarde recibí una orden de Ahmed. Nos habíamos reunido delante del cine a la vista de la policía y de todo el mundo. “Lo más simple y normal es lo menos sospechoso”, decía siempre “El Rubio”.
- Esta noche se terminan las pancartas y mañana quiero ver a todo el mundo a las 10 de la mañana. Las banderas debajo de la darrá. No quiero ver que nos descubren antes de tiempo. –dijo Ahmed mientras disolvía rápidamente la reunión.
Al día siguiente en la manifestación, entifada, como la llamamos nosotros, había miles y miles de saharauis, venidos de todos los rincones del territorio. El Polisario demostró que no era una banda de niñatos, sino la fuerza política apoyada por el pueblo, la mayoría por convicción y otros por presión, porque el Polisario trabajaba todos los frentes: político, social y armado.
Cuando se sacaron las banderas y las pancartas la cosa se puso tensa. El ejército cargó y empezó a pegar y a detener a la gente. Aquí en el Sahara la policía no eran grises, sino negros, porque es así como se te pone la sangre, cuando siendo un auténtico saharaui, tienes que pegar y maltratar a otros de tu mismo pueblo bajo las órdenes de aquellos que te tienen subyugados.
Yo fui detenido junto con otros muchos. Durante tres días había que aguantar las palizas, porque era el máximo tiempo que te retenían. Aunque el tiempo es relativo, porque dependía de lo rápido que soltases información. Yo no di ni una simple nota de do, salvo para gritar de dolor. Al cuarto día, seguían torturándome y ya no podía salir de mi boca ni el más débil aliento. Me tuvieron un mes encerrado, al cabo del cual, salí siendo un héroe para mi gente, un bastardo para mi padre y un traidor para Inés, que no volvió a hablarme nunca más.
La relación con mi hermano fue más complicada. A él no le hizo ninguna gracia, porque se lo hicieron pasar muy mal. Le acribillaron a preguntas y miradas de desconfianza. Pero en el fondo estaba conmigo.
Seis meses más tarde, yo había pasado a la fracción militar. Estaba situado con mi grupo de asalto en el Uad Liaddasia, donde la vegetación era abundante y nuestros camellos pastaban, mientras nos hacíamos una buena merifisa. No nos enteramos de nada, hubiéramos sido una presa más fácil que un conejo cojo, si no hubiera sido por una bala que salió antes de tiempo. Una bala que se fue a clavar en el tabal, un pequeño tambor que yo siempre llevaba conmigo. Rápidamente huimos en estampida y logramos salvarnos todos.
Justo un año después, en noche cerrada, el 25 de diciembre del 75, entré en el Aaiún con un camión para evacuar a los saharauis que pudiera. Las tropas marroquíes iban a entrar en la ciudad y no dejarían títere con cabeza, sería un exterminio. Fue cuando me encontré a mi hermano Brahim otra vez. Logré salvarle a él y a su familia. Las últimas palabras que me dijo las tengo grabadas a fuego en mi memoria.
- Siento haber estropeado tu cabal, hermano. Pero ya era hora de que me vengara por las tardes de martirio que me dabas desde tu habitación de hippie.
Yo me reí. Me reí mucho.
Mi hermano, antes de que yo moviera un dedo para ayudarle, se había jugado la vida por mí. A saber lo que le habrían hecho por disparar esa bala de aviso.
En ese momento entró Mamía con la comida. Hoy había hecho un cus-cus, que olía a gloria. Después de comer ese suculento plato, parece que el viento se había calmado milagrosamente y mi tío nos dijo que otro día seguiríamos con la historia, que por hoy ya estaba bien. Seguidamente se acomodó en posición bidán para quedarse dormido al momento.
Yo me quedé con un montón de intrigas y, en realidad, tenía ganas de que siguiera contándonos la historia del Sahara y su propia historia, pero también tenía ganas de salir un rato de la jaima. Y Lafdal se moría de ganas por ir a dar una vuelta. Salimos a tomar el aire. Quien sabe, quizás nos encontráramos con Rabab.
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