Cap. 11 LA ESCUELA
Cap.11 LA ESCUELA.
A las siete de la mañana, los rayos del sol que entraban por las rendijas de la jaima, despertaron a Brahim. Ya había movimiento dentro, Mamía estaba sirviendo el desayuno en una mesita baja de plástico que ponían para hacer las comidas. Cogió a Mulay y lo puso frente a la mesa dándole un cacho de pan. Éste todavía dormido y con los ojos cerrados empezó a dar mordisquitos al pan y a medida que iba comiendo sus ojos se iban abriendo. Fue como ver amanecer, cuando sus ojos enormes como platos alcanzaron el zenit.
- Hoy vas a ir a la escuela. Así que desayuna rápido, que todavía tienes que lavarte y dentro de un rato vendrá Lafdal a buscarte –comentó Fadel.
-Pero si hoy es sábado ¿Cómo voy a ir a la escuela?
-Aquí el sábado es como el lunes para vosotros. Así que venga date prisa.
A regañadientes, porque no le apetecía nada ir a la escuela, obedeció. Para él, estos días eran como unas vacaciones extra y el hecho de ir al colegio no ayudaba mucho, aunque por otro lado, tenía curiosidad de saber como sería la escuela allí. Cuando estuvo listo, su tía Mamía le cogió por banda y peine en ristre le hizo un peinado, estilo raya al medio, que le dejó como un dandi de los 70. Además le aplicó una buena capa de fijador para que no se le moviera un pelo y le echó un chorrazo de colonia, “que para qué necesitan duchas allí”. El olor a pachuli, no se le fue en todo el día.
En ese momento llegó Lafdal y emprendieron camino a la escuela. Tardaron exactamente cinco minutos y es que la casa de Fadel estaba muy cerca de las dos escuelas que había, que por otra parte estaban casi juntas. Tan sólo las separaba una calle.
Antes de entrar a la escuela. Los niños formaron ante un mástil y se izó la bandera saharaui, mientras se cantaba una canción. Después las filas una a una fueron desfilando hacia la entrada. Brahim se puso en todo momento detrás de Lafdal, imitándole en todos sus gestos, como si fuera su sombra. Los pupitres eran antiguos, estaban soldados de dos en dos, de manera que se sentaron juntos, uno al lado del otro. Un niño fue a sentarse en el asiento de al lado de Lafdal, pero este le dijo algo en hasanía y el niño se marchó a otro asiento.
Cuando entró la maestra, todos se levantaron y dijeron una frase como si estuvieran recitando un verso. La maestra se quedó de pie mirando a todos y de pronto su mirada se detuvo en Brahim. Señalándole con el dedo, le dijo:
-Ila hom – e hizo un gesto con los dedos que no cabía otra interpretación, ven aquí.
Brahim se levantó y fue al lado de la profesora. Esta le cogió con un gesto amable poniendo la mano en el hombro y dijo algunas palabras en hasanía. Los niños escuchaban sin decir nada y luego todos al unísono dijeron:
-Merhaba – la profesora entonces hizo otro gesto inequívoco para que se sentase.
Brahim estaba muy atento y aunque no entendía casi nada, a algunas palabras, más o menos, les podía dar una interpretación lógica. Estaba decidido a aprender el idioma. Además de que ahora era también el suyo, quería entenderse con Rabab y esa parecía la única manera, porque mediante gestos no le iba a poder decir todas las cosas que quería. Y eso que con la mirada que se habían echado el otro día, se habían dicho un montón de cosas.
Al comienzo de la clase, la maestra le dio un cuaderno y su primo le prestó un lápiz para escribir. Estuvo copiando lo que había en la pizarra, pero entre que las letras eran garabatos y que escribían de derecha a izquierda no se enteraba de nada. Lo único que hacía él era dibujar lo que había. Eso sí, se esmeró tanto que la maestra hasta le felicitó, o eso parecía, aunque no sabía que narices había copiado. Estaba claro que necesitaría algo de ayuda para aprender ese idioma tan raro.
Las siguientes dos horas fueron mucho mejores. En matemáticas estaban con la tabla de multiplicar y además les pusieron unas cuantas restas y sumas, que para él, por supuesto, estaban chupadas. Al final de la clase les puso en fila e hicieron una rueda de multiplicación. Los números no los entendía, pero su primo se los traducía y él no tenía ningún problema en decir el resultado, claro que lo decía en castellano y luego su primo lo decía en hasanía. De tanto repetirlos casi se aprendido todos los números del uno al diez: “wahed, znein, zalaza, arbaa, jamsa, sita, sabaa, zamania, tisaa y achra” o algo así…
La siguiente clase fue de español. Cuando llegó el profesor todos los niños gritaron:
- ¡Buenos días maestro! –poniéndose en pie.
Brahim supuso que esa sería la frase que antes habían dicho en hasanía porque sonaba de la misma forma.
El imaginaba que en la clase de español se lo iba a pasar en grande, pero la verdad es que se aburrió un poco, porque era una clase muy repetitiva y nada divertida, aunque como el profesor traducía muchas veces, le sirvió para aprender algunas frases. Lo que no le gustó nada fue la actitud del profesor, porque estaba todo el rato con una vara y aunque no pegó a nadie, a veces amenazaba a los niños con darles.
- Pero es que os pega con la vara –preguntó Brahim en voz baja.
- Cállate. –Como diciendo, “no quieras probar”. Y es que en la clase no se movía ni un alma. Había un silencio sepulcral y parecía que estaban en misa. Brahim interpretó que era mejor hacer caso a su primo.
En el recreo los niños salieron a la calle a jugar. Fue entonces cuando Brahim acribilló a preguntas a Lafdal.
- ¿En qué curso estás tú?
- En quinto A
- En quinto y todavía no sabéis multiplicar…Pero si yo estoy en tercero en España y ya nos vamos por la división.
- Es que… muy difícil. Se me olvida.
- ¡Madre mía!, pues vamos a tener que hacer un trato. Tú me enseñas el idioma y yo te enseño las tablas de multiplicar. Porque la verdad, es que no me entero de nada.
- Vale. Yo enseño a tú.
- Se dice a ti. Yo te enseño a ti…
Brahim siguió haciendo preguntas a Lafdal, sobre los profesores y las demás asignaturas, aunque este le contestaba con evasivas hasta que rápidamente zanjó el cuestionario de forma rápida, porque lo que quería era aprovechar el recreo para jugar al fútbol.
- ¡iale! A jugar fútbol.
Brahim no tuvo más remedio que aplazar las dudas para luego. Acordaron después de clase dedicar la tarde a estudiar. Brahim, no le dijo a Lafdal el verdadero motivo de su interés desorbitado por aprender el idioma, aunque este a medida que pasaron los días creo que se fue haciendo una idea, porque cuando a la salida del colegio veían a Rabab, que iba a la escuela de al lado, Brahim se quedaba tan embobado mirándola que no escuchaba a quien le estuviera hablando.
Todas las tardes después de salir del colegio se iban caminando hasta el final del campamento, donde había una gran duna y a su sombra se ponían a estudiar. Los dos primos empezaron a darse clases mutuamente. Brahim le ayudaba con las matemáticas y los deberes de español. Porque aunque Lafdal sabía hablar más o menos bien español, no sabía leer y menos escribir. A cambio éste le enseñaba árabe y hasanía. Una de las dificultades estribaba en que ellos tenían dos lenguas: El árabe, que es la lengua oficial para todos los musulmanes, porque es la lengua del Corán, su libro sagrado y el hasanía que es el dialecto de los saharauis. Ésta es muy parecida al árabe, pero no se escribe, sino que es una lengua sólo oral. Esto era un poco lioso, pero poco a poco Brahim fue aprendiendo a decir algunas frases sencillas y sobre todo a interpretar esos signos tan raros que había visto por primera vez, escritos en aquella pizarra de la clase del colegio.
La motivación de Brahim y la inteligencia de ambos hicieron que esa semana fuera la más provechosa de sus vidas. Nunca antes habían aprendido tan rápido ni en la escuela ni en ningún otro sitio. Ellos dos constituían un tándem magnífico, el dúo dinámico, Cristiano e Higuaín o Chavi y Mesi… “Que para gustos colores”.
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