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Una aventura en Sahara

Cap.10 Rabab

CAPÍTULO 10: RABAB

 

Normalmente Brahim no era nada tímido, cuando quería una cosa iba a por ella y su desparpajo a la hora de hablar le había servido muchas veces para ser un referente entre sus amigos y amigas. Pero en ese momento y frente a esa chica le faltaban las palabras y no le salía ni el aliento necesario para articular un solo golpe de voz. Estuvieron mirándose durante unos instantes, sin que ninguno de los dos fuera capaz de decir nada. En esos instantes, Mamía salió de la jaima gritando y cortó ese momento dulce, pero a la vez tenso:

- ¡Lehi noclu! -y mirando hacia la furgoneta, tradujo para Brahim- ¡Vamos a comer!

La chica con un movimiento ágil pero sensual, bajó de la furgoneta, mientras que Brahim seguía paralizado como una estatua, como si alguien le hubiera tocado con una varita mágica y le hubiera echado un conjuro que le impidiera reaccionar. Habría querido ayudarla para bajar de la furgoneta y ser un caballero, pero no pudo. Al pasar por su lado quiso detenerla, pero su brazo no se movió, tan solo su mirada era capaz de seguir los movimientos gráciles de la muchacha. Cuando ya le había sobrepasado, por fin salió del embrujo y entre balbuceos logró decir algunas palabras:

- ¡Espera! –La chica se paró girando la cabeza al tiempo que su pelo describía una ola en el aire y sus ojos negros se clavaban en Brahim. Éste temió que le volviera a suceder el anterior atontamiento, porque al notar su mirada las piernas le temblaron un poquito, pero tragó saliva y se acercó hacia ella.

- ¿Cócococomo te llamas? –logro decir medio tartamudeando y pensando para sus adentros que vaya payaso estaba hecho. Pero la chica no contestaba.

- ¿Me puedes decir tu nombre? -esta vez más seguro de sí mismo. Pero la chica seguía sin contestar-. Tu nombre. Yo me llamo Brahim -dijo más despacio y gesticulando con la mano. Entonces la chica pareció comprender.

- Ana asmi Rabab.

- Ana Asmi Rabab –repitió Brahim.

- La, la, la. No, no, no -la chica señaló con el dedo hacia su pecho y repitió- Rabab.

- Ah, ya comprendo. Tú te llamas Rabab. Encantado…-entonces la chica sonrió y le dedicó una mirada que valía más que mil palabras, para a continuación seguir su camino hasta la casa.

Brahim, la vio alejarse sin apartar su mirada y la siguió hasta la casa. Ya estaba servida la comida. Sobre unas mesas bajas había un montón de fuentes. Arroz con carne, dátiles con mantequilla, cuscus, dulces y también bebidas; cocacola, zumo y fanta de manzana. Brahim se sentó como todos los demás alrededor de las mesas entre su primo Lafdal y el hermano de este, más mayor, de unos dieciocho años llamado Mohamed uld Luchaad. Las mujeres estaban en otra habitación junto con los más pequeños como Mulay y compañía. Brahim observó que no había platos individuales ni cubiertos, al mismo tiempo que vio a sus primos comer directamente con las manos sobre las distintas fuentes de comida. En ese momento llegó su tía con unos pinchos de algo que parecía carne y le dio uno a Brahim, que cogió como si fuera una salvación. Al menos esto lo podría comer. Cuando lo observó más detenidamente vio que era una carne muy rara y que parecían higaditos, envueltos sobre grasa.

- Se llaman pinchitos –le dijo su primo Lafdal, que debió de observar la cara de sorpresa de su primo-. Cómetelos están muy buenos -y seguidamente le dio un gran muerdo al suyo, poniendo una gran cara de placer.

Brahim trató de imitarle y con un trozo de pan en la otra mano se dispuso a superar el miedo inicial. Al fin y al cabo, pensó: "si a él le gusta tanto por qué no me va a gustar a mí". Y en efecto. Estaba muy rico, aunque había que comerlo con mucho pan, porque tenía abundante grasa. Los pinchitos le gustaron mucho. Estaban realmente buenos.

Más trabajo le costó lo de comer con las manos. Cogió un trozo de carne pegándole un gran muerdo. Estaba  un poco chiclosa y se le formó una bola que disimuladamente tuvo que sacarse de la boca y poner dentro de una servilleta. Después decidió que los trozos debían de ser más pequeñitos con lo que resolvió ese problema. En algunos había un poco de arenilla y no podía masticar fuerte para deshacerlos bien, por lo que esos trozos también fueron a parar a la servilleta, que pronto se le fue abultando.

Lo de comer el arroz y el cuscús con las manos fue otro problema, porque se le escapaban los granos por todos los lados. Entre unas cosas y otras estaba dejando su parte de la mesa guapa. Observó como lo hacían los demás, que formaban una especie de bola con el puño, como si estuvieran amasando la comida y luego se la metían en la boca, pero eso de apretar con las manos la comida le daba un poco de asco, así que él intentaba cogerla con los dedos, con lo que el resultado fue el descrito anteriormente… Toda la parte de su mesa… sucia.

Al cuarto de hora de empezar a comer ya habían terminado. Las mujeres vinieron a la habitación para recoger la mesa y los hombres fueron lavándose las manos y sacando sus cigarrillos y sus manillas para fumar. Los que eran un poco más jóvenes, pero que también fumaban, tuvieron que irse fuera, porque no podían fumar delante de los mayores. Posteriormente una mujer mayor, que por lo visto también era tía suya, entró en la habitación y se puso a hacer té.

La fiesta transcurrió de ese modo. Siguieron haciendo té toda la tarde. Después llegó la cena, que era otra versión muy similar a la comida y al caer la noche, en la jaima de fuera, empezó la música y el baile.

Fue un espectáculo muy divertido e inusual para Brahim. Para empezar, la música era totalmente diferente a lo que él había oído anteriormente. Los instrumentos consistían en una guitarra, un teclado y una persona cantando.  Pero parece que los instrumentos estaban distorsionados o afinados de una forma rara, aunque sonaba muy alegre y rítmico. En algunos momentos se parecía al flamenco y en otros incluso al rap. Las mujeres bailaban luciendo sus mejores pasos. A veces algún hombre también salía a bailar y empezaba una especie de juego con la bailarina. Como acercándose a ella con movimientos sensuales e insinuantes, pero sin llegar a tocarse y luego alejándose. Parecido al cortejo que hacen algunos pájaros a la hora de aparearse. Fue realmente muy divertido y todos se lo pasaban en grande. Cuando la música empezó, no había apenas gente, pero poco a poco se fue llenando hasta que ya no se cabía en la jaima de la gente que había. Pasadas unas dos horas o así, la música dejó de sonar y todo se desalojó. En un santiamén todo el mundo se había ido y quedaba sólo la familia, que poco a poco y después de hacerse unas fotos con una cámara que había traído Mohamed Uld Luchaad, se fue cada uno para su casa.

Ese día Brahim cayó rendido, sin saber si quiera, que se había vuelto acostar sobre una manta doblada y con un cojín como almohada. Como allí era costumbre. En el suelo.

 

 

 

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